Carta de un bogotano para los caqueteños

Carta de un bogotano para los caqueteños

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Siempre que pensé en hacer vacaciones, solía ir a lugares populares donde la mayoría iba. No sabía que me estaba perdiendo la oportunidad de conocer personas y lugares diferentes, que vale la pena conocer. Debo sincerarme con ustedes: nunca se me cruzó por la cabeza visitar Caquetá, no aparecía en mi lista de opciones; en otras palabras, no despertaba en mí ni la más mínima curiosidad e interés. Por el contrario, si en algo terminaba relacionando la palabra Caquetá, era con símbolos que me generaban miedo y me alejaban de su tierra, sin nunca antes haber estado cerca a ella.

Les pido el favor que no me juzguen, pues no soy el único que pensaba así. Tan sólo estaba desinformado. Cuando uno revive en su mente lo que como consumidor de noticias recibió durante años, es inevitable no relacionar la palabra Caguán con algo nefasto. A mis 36 años y con total desconocimiento de la idiosincrasia de los caqueteños (pues no había conocido alguno hasta entonces), pensaba que eran “aguas mansas”, es decir, personas tímidas y ensimismadas, incluso reservadas, pero explosivas si se les molestaba. Sentía incluso compasión por ustedes debido a lo que han tenido que vivir a lo largo de la historia reciente de su departamento. Nunca al escuchar las noticias me detuve a comprender que ustedes son herederos de un pasado doloroso. No obstante, me sorprende la manera en la que con valentía y orgullo están sacando lo mejor de aquella experiencia para afrontar su futuro con optimismo y decisión.

Afortunadamente llegó un día de septiembre de 2016, en el cual el trabajo me llevó por primera vez a Florencia a interactuar con ustedes. Bastaron tres días para sacudirme y quitarme de la cabeza tanto prejuicio estúpido que corría por mi cabeza hasta entonces. Conocí gente que como se dice comúnmente es muy despierta, mas no “viva”. Me enamoré de su amabilidad y de su cultura, de la firmeza con la que miran a los ojos, de sus charlas, de lo que cuentan aquellos que no son oriundos del Caquetá pero que llevan años en esa tierra. Me enamoré de la belleza de las mujeres, de su delicadeza y feminidad. Me maravillé con sus paisajes y me enganché con una pareja de novios que pujan por alcanzar sus sueños y que como tórtolos, trabajan para sacar adelante su proyecto de emprendimiento. Me sorprendí de la  actitud que ustedes tienen pues no suelo escuchar quejas o palabras que busquen generar un sentimiento de compasión en mí. Por el contrario, me encanta la manera con la cual ustedes hablan con tenacidad y llevan la frente en alto.

Ya he ido cinco veces al Caquetá desde entonces y cada vez que viajo desde Bogotá, lo hago pensando en que me voy a quedar uno o dos días y termino quedándome muchos más. La última vez que fui, me sentía interactuando con una sociedad que no parecía colombiana y lo digo en el buen sentido por la siguiente razón: el colombiano promedio suele decirle “sí” a todo y después termina quedando mal, no tiene los pantalones o las enaguas para decir “no”, así la cara se le sonroje por un momento; encuentra excusas y suele darle rodeos a las cosas. Para concretar algo, el colombiano promedio debe pasar una, dos o hasta tres encuentros, lo que conlleva a un sin-fín de ineficiencias. Estar en Caquetá me hace revivir la época en la que viví en Alemania durante casi diez años. En su tierra las cosas suceden, uno termina mamado por la noche por la cantidad de cosas que logró hacer en el día; uno se va a la cama, no solo con la sensación, sino con la firmeza de que algo se hizo y resultó. Esto lo menciono tan sólo para decirles que su tierra y ustedes me generan confianza.

Montando en bicicleta hacia Morelia con mis amigos caqueteños.

Siempre me supo a cacho el dicho que reza: “aquí hay todo por hacer”, me sonaba a típica frase de cajón que terminaba siendo un pajazo mental para creer que algo es posible. Pero cuando reflexiono en mis días en Caquetá, me creo esa frase porque las oportunidades para hacer cosas maravillosas que generen progreso en su tierra, son inmensas.

Pero eso deben creérselo ustedes mismos. No esperen a que un rolo llegue a decirles lo grandes e importantes que son para el resto de Colombia. Si yo me hubiera dado cuenta de todo esto que digo, seguro hubiese balanceado Cartagena con El Doncello en el momento de hacer todas mis pasadas vacaciones. Los admiro por todo el lastre que han tenido que llevar en sus hombros y en su orgullo, pero también, me cuestiono por la falta de criterio que tuve en el momento de consumir y analizar la información que me llegaba de los medios y del voz a voz.

Soy consciente de lo que ustedes mismos me han dicho: “estamos reconociendo nuestro  territorio y conociendo lugares a los cuales ni nadie podía llegar debido al conflicto armado”. Puedo entender esta euforia de turismo local. Pero lo que no puedo entender es la irresponsabilidad con la que muchos lo están haciendo. Todas esas bellezas que ustedes tienen no van a durar más de cinco años, si lo que vi en mis recientes visitas a la región, sigue sucediendo.

Así como digo lo que digo, quiero hacerles un llamado a la responsabilidad. Me dolió haber visitado las Pailitas y el Pailón (una de las varias cascadas que ustedes tienen entre Florencia y Morelia). Me aporreó haber encontrado a varios de ustedes bañándose con champú en tremendas aguas como si eso fuese una tina de motel; me dolió ver en qué terminan los paseos de río los domingos por la tarde. Y no me vengan con el cuento de que es la alcaldía la que debe controlar eso, ¡no!, es Usted quién va al río y no la administración municipal. Me duele ver gente lavando carros y motos en las quebradas y ustedes pasando por el lado y nadie dice nada. Me dolió en mi última visita escuchar cuán grande es la euforia por visitar Anayacito que al final si no hay un buen manejo, terminará convirtiéndose en un vil paseo de olla en donde hasta pañales flotando en los claros de agua quedarán regados por ahí.

Conservar el territorio es también luchar por cuidar la maravillosa selva que ustedes tienen. Me duele leer las cifras y darme cuenta que casi el 19% de la deforestación de toda Colombia sucede en el Caquetá. Yo estoy seguro de que todos, absolutamente todos, caqueteños y no caqueteños, podemos ponerle freno a este flagelo que amenaza nuestro buen vivir. Me gustaría imaginarme en el pasar de los años, que los colombianos que habitarán nuestro país van a tener la misma oportunidad de ver lo que mis ojos ya han visto en lo poco o mucho que conozco su región.

Pese a lo anterior, Caquetá y ustedes me tienen en una encrucijada, me quiero ir a vivir allá, pero tengo parte de mi vida en Bogotá. Me tiene rondando esa idea en la cabeza, siento que la manigua me cogió y hasta ahora nadie me ha presentado a esa señora. Siento alegría por ustedes porque los años que se vienen van a ser sus años. Falta poco para que todos mis paisanos, demás colombianos y ciudadanos del mundo, dejen de lado los mismos prejuicios que yo tenía y que les nubla la cabeza. Sigan haciendo lo que hasta ahora han hecho conmigo: hablar bien de su tierra, cuidarla y conservarla. Cuenten conmigo para que más colombianos se hagan co-responsables de ello, porque lo que sucede en el Caquetá nos debe y nos tiene que importar a todos en el país.

Hasta muy pronto. Pero la próxima vez, estaré caminando todo su territorio. Serán 370 km entre San Vicente del Caguán y Mocoa. Estaremos en San Vicente del Caguán: Miércoles  7 de Febrero en San Vicente del Caguán en el Teatro Parroquial a las 8 de la mañana dando la Conferencia: “Rompiendo Prejuicios”.

  1. Y en Florencia el Viernes 16 de Febrero en la Universidad de la Amazonía a las 8 am con la misma conferencia.

En la siguiente página conocerán la ruta que me llevará a a mis amigos y a mi, a internarnos en el Departamento: www.aiso.la/amazonia 

Un abrazo

Julio Andrés Rozo Grisales

Instagram:@julioandresrozogrisales 

 

Julio Andres Rozo

Julio Andrés ha trabajado en el tema de negocios verdes y emprendimiento sostenible desde el año 2008. Tiene experiencia capacitando y apoyando a emprendedores en Asia, Europa, México y Colombia. Trabajó durante 3 años en Pakistán con emprendedores del sector textil, 2 en México con emprendedores del sector agrícola y 5 años con emprendedores alemanes. Tiene una maestría en medio ambiente y dos pregrados en administrador de negocios y finanzas.
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